Desde hace trece siglos, Japón diseña espacios de
meditación en comunión con la naturaleza. Representan el
universo y están concebidos para inspirar vitalidad y
serenidad. Contemplar un jardín japonés es como
sumergirse en un sueño en el que las rocas son montañas,
donde la grava se modula en forma de ondas provocadas
por la caída de una gota imaginaria en un estanque, y
donde las cañas de bambú, al moverse, dejan oír la
música de sus emociones. Como un fluir constante
de sensaciones, colores y texturas, el diseño de los
jardines japoneses fue concebido, hace más de trece
siglos, como un instrumento para conseguir la correcta
percepción de la realidad.
Una tarde gris,
contaminada y fría, en pleno centro de la ciudad de México, en medio del
tránsito de la hora pico y después de un difícil día de trabajo tomé la
decisión de dejarlo todo y venirme a Mérida con Mercedes, mi novia
venezolana a la cual veía solo tres o cuatro de veces al año (nos conocimos
en Internet).
Al cabo de un
tiempo y ya
instalado en
Venezuela una
mañana buscaba
un jardín zen
para obsequiar y
al no
encontrarlo como
lo quería me
hirvió la sangre
materna (en la
familia de mi
mamá la mayoría
de mis tíos son
ebanistas, en la
de papá
militares), y me
puse a
fabricarlo con
unas pocas
herramientas de
las que
disponía. El
jardín quedó
bastante bien
considerando las
limitaciones y
fabriqué algunos
más, de ahí
nació, en 2005,
el Taller
Artesanal
Jar-Zen. Fue un
cambio muy
importante en la
vida que bien
valió la pena...